“Donde el vino cae a la tierra” de Juan José Rondón

En invierno, a las ocho de la mañana, aún no amanece. Todos estábamos con los guantes y los sweters. Todos tenían sus gorros menos yo. Comencé a sentir un hálito leve en la frente, de esos cuando alguien respira sobre ti, muy de cerca, en la sien. Cada vez más frio. Antes de comenzar nos colocamos en frente del bosque. Vemos el sol entre los árboles, una alarma silente. Aunque esto es Francia, no se escucha ningún gallo. El día comienza con el sol no por un reloj atado a la muñeca.

Los rayos del sol fueron dedos entre los árboles que se extendieron hasta nosotros. Nos animaban con un solo toque. En eso, donde había oscuridad, la oscuridad que los cuatro contemplábamos y pensábamos estaba vacía, apareció un venado. Estuvo ahí todo el tiempo, mimetizado en las sombras.

El venado no tuvo ninguna reacción ante nosotros. Nuestro silencio matutino continuaba, yo pensaba en cuantas definiciones puede tener un animal. Al menos tuvo cuatro en esa mañana de invierno.

No es con el olor del café si no con el del vino que comienza la jornada. Usualmente va de primero el tinto, y no ha pasado la mitad de la mañana cuando aparecen ríos de color purpura a nuestros pies. Tanto rio y tanto purpura como si se exprimiera un corazón en agua.

El silencio se rompe con el exhalar e inhalar del camión que posee todo el sistema para llenar las botellas.

El venado huye, la respiración del camión suena como un toro detrás de las tablas, esperando su oportunidad, obsesionado con un color que aún no ha visto. De lejos, porque digamos que yo estoy un tiempo dentro del camión y luego me alejo cuando me toca ir a las bodegas, se escucha como una persona más respirando, esforzándose, todo rítmicamente.

El dueño del viñedo es un señor ciego, no necesita luz para andar en las bodegas. Ahora que lo pienso, quizá no necesitó del sol para saber que el venado estaba ahí. Se llama Sérge, es anciano y ciego.

Algunos días sabemos que estamos cerca de la mitad de la jornada porque de la nada comienza a gritar el nombre de su esposa fallecida, le dice que vaya preparando la mesa para que todos comamos. Al principio pregunté porque nadie le dice nada, y uno de mis compañeros me vio e hizo un arco ascendente con sus labios. Me dio a entender que no hay un por qué. Y después de unos meses de trabajo en el viñedo, aún sigo escuchándole entre los barriles, entre el respirar del toro y el eco que intenta hacer retroceder los años.

En un buen día completo podemos llenar unas once mil botellas. Cada caja tiene seis botellas. Eso serían alrededor de unas mil ochocientas treinta y cuatro cajas, las cuales Pierre y yo las cargamos de a una a una, las colocamos en paletas, él las mueve con un tractor pequeño, y luego las embalamos y la dejamos lista para los camiones. No es tanto como suena, la verdad estando ahí pasan tantas cosas que no te cansas, y no es que “no hay tiempo para agotarse”. Sí lo hay. Hay tiempo de sacar los caracoles de las bolsas de plástico, hay tiempo de ver el par de gatos del viñedo cazar ratones, hay tiempo de tomar vino, de bromear, de practicar español, francés o inglés. Algo que me sucede frecuentemente es que mientras muevo las botellas o las cajas, que son actividades que uno pensaría son mecánicas, comienzo a recordar cosas que llevaba años sin acordarme. Recuerdos de primera vez.

Me veo a mi mismo en los miles de reflejos de las botellas que alzo. Hay que ponerlas en la cinta que corre a los dispositivos que colocan el vino en ellas. Los que hablamos español, hablamos francés para que los demás entiendan mejor y los que hablan francés hablan español para que nosotros entendamos mejor. Está de más decir que los resultados no son los más satisfactorios, igual ya todos sabemos qué hace cada quien.

Pienso en Paul Auster, en Hemingway, en Cortázar, en Emilio, en Manuel, en Mayela, en Andreyna, en Rimbaud, pienso en la niña a la que le negué un columpio de pequeño, pienso cuando agarraba ciempiés en vasos de plástico en mi primer colegio, pienso que está haciendo cada persona que he conocido. Pienso en las incontables veces que mis amigos me han dicho “este es mi campo, estudié para esto, a eso me dedico, para eso me preparé” y me digo a mí mismo que la tierra que piso no es mi tierra, que nunca estudié sobre esto, que no sé si dedicarme a esto y que sí, siempre me he preparado para esto y nunca la había pasado tan jodidamente bien en un trabajo. Soy de esos que no busca entender las reglas del juego, solo me gusta jugar. Pienso en las personas que conforman la vida en el viñedo, desde los niños hasta el papá de Sérge y me doy cuenta lo intrincada de las relaciones humanas, de los secretos, de la inmensa naturaleza que nos rodea y pienso que todo cabe en un lápiz, en un teclado de una computadora. Que la historia está ahí pero aún no la veo, que soy pequeño, que tengo once mil botellas vacías a mí mano pero me falta lo que las llena. Entré a una casa sin siquiera saber cómo conseguí la llave. Me pienso a través de los años y siempre me imaginé en esta situación. Eso es un fuego. Hubo un Juan José que pensó en este Juan José. Si tan solo alguna vez los dos se pudieran encontrar. Escuchar las historias mutuas y que siempre son individuales como cada segundo y ahora este Juan José también está muriendo. Tengo tantos pensamientos como las miles de botellas transparentes.

Las botellas se acaban y vuelve el hálito frio a la sien. Toda la tierra es púrpura y el toro comienza a descansar. No estoy seguro si es medio día hasta que comienzo a escuchar a Sérge gritando, y solo grita un nombre. Nos bajamos del camión y aún no deja de gritar. Los ecos de Sérge suenan cerca, cada vez más cerca y aunque esto es Francia, aquí no se escucha ningún gallo.

 

 

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

12 thoughts on ““Donde el vino cae a la tierra” de Juan José Rondón”