Una noche mentolada. Rockabilly en Little Rock Café

Son las 3:21 minutos de la madrugada, y acabo de llegar de un concierto espectacular,   de esos de los que uno no sabe si salir feliz o frustrada.

La última vez que vi a Los Mentas en vivo, fue en un concierto que hicieron en la Universidad Católica Andrés Bello cuando todavía eran un grupo de principiantes  que experimentaban con el Rocka Billy, y que hacían reír a la gente con canciones sobre burdeles y ron. Ahora- casi 10 años más tarde – siguen cantando lo mismo por supuesto, pero con un sonido mucho más maduro, buenos  arreglos, interpretación impecable y excelente presencia escénica, no sólo por sus performances en tarima, sino por la tranquilidad que caracteriza a los profesionales cuando se les parte una cuerda en plena actuación… ¡a reírse del asunto, y continuemos!

Es fácil reconocer una canción de Los Mentas sólo con los primeros compases así no se hubiese escuchado antes, porque poseen esa personalidad única con la que no cuentan muchas bandas venezolanas actuales, y que garantizarían un éxito inmediato de tener un apoyo sólido en los medios de comunicación social.

Y aquí es donde nace mi frustración. Ciertamente Little Rock Café es un gran local, un ambiente sumamente agradable,  arquitectónicamente y decorativamente espectacular,  con un sonido que rayó en la perfección –en esta ocasión, debido a que no usaron la tarima pequeña del segundo piso donde castigan a las bandas de vez en cuando, y a que se lanzaron un sonido de exteriores –  y sin embargo, en mi humilde opinión, una banda  que tiene ese nivel de profesionalismo y 4 discos en su haber,  ya merece  escenarios mucho más grandes.

A lo mejor, en parte es algo maravilloso poder hallar artistas como estos, en sitios donde uno puede ir a conseguir un trago, permitiendo mantener el contacto directo con el público; pero también nos lleva a la reflexión de que definitivamente hay que crear espacios para la difusión de nuestras bandas más allá de los locales nocturnos, donde la gente común no suele ir, ya sea por edad o por desconocimiento del movimiento musical que existe en Venezuela.

Sobre el evento como tal, debo decir que siendo una banda que habla de sexo y licor, me pareció conveniente llevar a mi madre a verlos. No porque mi madre sea afecta a hablar de esas cosas, sino para que viera que a pesar de lo que he escuchado toda mi vida, no me he pervertido en nada… o por lo menos, eso cree ella. El caso es que supuestamente la banda tocaba a las 11 de la noche- caso extraño en Chacao por la fulana ley de medio ambiente- pero realmente empezó a tocar a la 1 de la mañana;  eso provocó que el local que estaba semi-lleno a las 11 de la noche, estaba semi-vacío en el momento del concierto. Mucha gente se retiró molesta por el retraso, puesto que debían seguir consumiendo para mantener la mesa y se le había agotado el dinero o  simplemente se cansaron de esperar, a pesar de los Dj Pollis y Dj Chibar que realmente pusieron música MUY buena durante toda la velada.

En balance, el concierto fue genial, con poco público pero muy alegre,  la música excelente, el local excelente al igual que la atención,   los precios… los normales en Little Rock (risas) el único detalle la demora en comenzar el concierto que lejos de beneficiar el consumo, más bien espantó a los “futuros clientes asiduos” al local. De resto, regresé a mi casa con mi madre, un cd antiguo autografíado por los Mentas, y la promesa de repetir un día de estos  “Hasta que los bares nos separen!”

 

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